Desmantelaron
la casa cuando se fue la familia que la habitaba. A partir de ese momento, en
su interior, la vida se detuvo y el viento amontonó todos aquellos recuerdos
que dejaron olvidados por la premura de su marcha. Luego, una a una, las
estancias desocupadas enfermaron de soledad mientras el tiempo las iba recubriendo
de ausencia. El aire, poco a poco, se tornó irrespirable por la ira que quedó derramada
sobre el suelo. El espacio, que siempre había permanecido lleno de luz, se tiñó
de oscuridad. Lo que comenzó siendo un hogar feliz terminó invadido por un vacío
tan inmenso que acabó asfixiándolo todo.
Relato publicado en la 15ª Edición de la Revista Literaria Anacronías
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