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lunes, 1 de agosto de 2022

INOLVIDABLE

 

A mediados de agosto de aquel verano en el centro de Nueva York, tal vez la culpa de lo que ocurrió la tuvo el asfixiante calor que derretía la razón e invitaba a la locura.

En la consulta del dentista, donde yo trabajaba como asistente, las ventanas permanecían abiertas de par en par. Los ventiladores perdieron su eficacia. El aire se tornó tan denso y pegajoso que lo hacía irrespirable. Los chorros de sudor se deslizaban en zigzag por mi espalda y empapaban mi ropa interior. Necesitaba salir de allí antes de que aquel blanco e impoluto uniforme se me pegase al cuerpo como una segunda piel.

Una brisa cálida acarició mi rostro al alcanzar la calle. Intenté recuperar el aliento sin darme cuenta de lo que sucedía a mi alrededor. Cuando recobré la calma, un leve murmullo, muy distinto a los habituales sonidos de la urbe, despertó mi curiosidad. Según me acercaba a su origen, creció hasta convertirse en una enorme algarabía. La gente, emocionada, lloraba y se abrazaba con desconocidos.

Pensé que ocurría alguna desgracia, pero, a pesar de sus lágrimas, sus caras expresaban alegría.

—¿Qué pasa? —pregunté desconcertada.

—¡Japón se ha rendido! ¡La guerra ha terminado! —respondieron a voces.

Aquella noticia me hizo tan feliz que me uní a ellos para celebrarlo. Todas las contiendas son terribles, pero esta había sido mucho más cruel. El sufrimiento provocado por la pérdida de millones de vidas sería inolvidable. Y al conocerse la noticia del fin del conflicto bélico, las calles fueron tomadas por la multitud.

Por mi parte, tenía muchos motivos para sentirme muy dichosa por el cese de aquella terrible sinrazón. Llegué a los Estados Unidos en 1939, tras la ocupación nazi de mi país, Austria, escapando de aquel infierno junto a dos de mis hermanas. La otra fue enviada a Oriente Medio. Jamás volví a ver a mis padres. Ambos murieron en el Holocausto.

Pero, frente a Times Square, sucedió un hecho tan excepcional como inesperado que marcó mi vida para siempre. De repente, alguien me tomaba muy fuerte por la cintura, envolvía mi cuerpo con firmeza en su abrazo y unía sus labios a los míos en un beso. Fue imposible evitarlo.

En cuanto pude, me liberé de sus brazos y le planté cara.

—¿Cómo te atreves? —pregunté muy ofendida a aquel marinero tan desconsiderado.

—Perdóname, no he querido molestarte. Me he dejado llevar por la emoción y la euforia del momento.

Me explicó que me abrazó por ser una enfermera y estar muy agradecido con todas ellas. Le cuidaron con gran dedicación durante su convalecencia por heridas recibidas en combate. No se trató de algo romántico. Fue su forma de decir: «Gracias. El horror puso el punto final».

Tras el beso, nos separamos rápidamente. No nos presentamos ni mostramos ningún interés por intercambiar nuestros nombres. Jamás volvimos a vernos.

No tuve conocimiento de la existencia de esa fotografía que plasmó el preciso instante de lo sucedido aquel día ni de su enorme trascendencia hasta la década de los sesenta. La vi por casualidad en aquel libro titulado «El ojo de Eisenstaedt», del conocido fotógrafo Alfred Eisenstaedt.

Logró dar la vuelta al mundo y se convirtió en todo un símbolo. Reconocí mi figura, mi ropa y, especialmente, mi peinado. Era yo, sin ninguna duda. Por un segundo, creí estar de nuevo en medio de aquella locura y las lágrimas fluyeron solas.

Con los años, los medios de comunicación organizaron nuestro reencuentro. Se efectuaron nuevas fotos y recibimos un tratamiento estelar en todas las noticias, pero nosotros no logramos sentir lo mismo. Nada quedaba de aquella joven enfermera ni de aquel apasionado marinero. La blanca curvatura de mi espalda desapareció, así como el ímpetu de George.

Ya no flotaba en el aire el aliento de fuego de la guerra, de aquella devastadora barbarie que acabó con sesenta millones de personas. La mágica sensación provocada por la victoria se desvaneció con el tiempo. Tan solo éramos dos ancianos en Times Square, dos desconocidos a los que la historia quiso mantener unidos para siempre por un gesto de cariño.  

Esta es la historia de un beso que se convirtió en eterno, aunque había nacido para el olvido.



Relato elegido Finalista por el jurado del



Imagen: Obra del fotógrafo José Carlos Nievas (Córdoba / Murcia)













Fotografía de Alfred Eisenstaedt.



    En este enlace podéis leer el libro digital 'VENÍAMOS DE LA NADA', con los 50 mejores relatos elegidos por el jurado del V Premio de Café Español 2022.







lunes, 30 de agosto de 2021

LA MONA LISA HOLANDESA

 

Toda una vida de pintar solo por encargo ha convertido a Johannes en un hombre triste. Alimentar a una familia tan numerosa como la suya no resulta nada fácil. Cada noche se pregunta en qué momento cambió su creatividad y sus sueños por una vida holgada, sin hambre.

Siempre procura que sus cuadros no sean oscuros, aunque representen escenas cotidianas. Atrapa la luz de una manera tan magistral que vence a las sombras iluminando rostros, objetos y estancias. Pincelada a pincelada, da un baño de vida a esos instantes que capta su mirada. Trabaja sin prisas, dejando impreso su legado en esa claridad que irradia pureza y deja entrever la magia que esconde su alma.

Pero hoy se ha levantado decaído, perdido en el abismo de su oscuridad, cansado de silenciar sus deseos, de mantenerlos ocultos como presos en las profundidades del pecho. Permanece en la penumbra, tratando de encontrar una razón para no ahogarse en sus miedos. Hace demasiado tiempo que no se emociona por nada. Ni siquiera por su hermosa mujer, a la que ama con locura, ni por sus once maravillosos hijos, a los que adora.

Sale de casa arrastrando los pasos. Necesita sentir la caricia del viento. Que lo libere de esas garras que lo mantienen atrapado en el hastío y la rutina. Deambula por calles empapadas de silencio, que amortiguan su dolor. Llega al mercado atraído por el murmullo. Parece anestesiado, como arropado por las insistentes voces de los vendedores. Todas las personas que pululan entre los puestos le parecen sombras, tristes siluetas sin rostro.

Prosigue sin detenerse, dejando atrás el bullicio de las callejuelas. Encamina su desesperación hacia el puerto y, a medida que avanza, su angustia se acrecienta. Por un momento, en su amargura, imagina que aquella sería una forma limpia y poética de acallar su dolor, si tuviera la valentía de dejarse llevar por la cadencia de las olas. Sentado frente al mar, observa hipnotizado su danza interminable sin atreverse a sumergirse en sus aguas. Levanta su rostro y clama al cielo para que le dé fuerzas. Abatido, mira a su alrededor en un último intento de encontrar algo a lo que aferrarse.

Por un instante, intercambia miradas con una joven desconocida que posee una belleza misteriosa. No puede evitar sentirse atraído por el magnetismo de sus ojos aguamarina cuando lo mira por encima del hombro. Repara en el exótico turbante azul que cubre sus cabellos y en el brillo de sus labios entreabiertos. En ese momento, su vida recobra sentido. Respira por la nariz sin miedo, insufla valor a sus pulmones y exhala los restos de cobardía. En ella encuentra esa locura que necesita su inspiración. Queda deslumbrado por la perla que pende de su oreja y que destella cuando se mece al caminar.

Aunque echa a correr para alcanzarla, ya es demasiado tarde. Su rastro se desvanece entre la bruma, ignorando la huella que deja en él.

La contempla tan solo un instante. El tiempo suficiente para recordarla con detalle, para poder plasmar en un pequeño lienzo su enigmático rostro, su belleza inolvidable.

Al llegar a casa, por primera vez en su vida, la pinta solo por placer. Se siente vivo de nuevo desde que ella habita su alma y guía su pincel. Con sus trazos, logra mantener su halo de misterio y que «La joven de la perla» sea inmortal.

 

 

Relato elegido Finalista por el jurado del



Imagen: Obra del pintor Ciro Marra (Roma / Barcelona)