jueves, 16 de abril de 2026

KINTSUGI

 

Cuando la mujer que amaba se convirtió en su musa y después lo abandonó, el pintor se sintió muy perdido entre los paisajes de grises y negros. De sus lienzos desaparecieron todas las formas armoniosas y etéreas. De sus pinceles solo fluían siluetas angulosas que yacían inertes sobre fondos sin color. Se sentía tan roto por dentro que le resultaba imposible pintar sin que emergiera la oscuridad de su pena. Añoraba tanto aquellos ojos de lluvia, donde su piel de arena saciaba su sed, que necesitaba encontrar la manera de recuperar otra vez el equilibrio. Por eso, buscó inspiración en la naturaleza, en el silencio, en cada aroma, aunque en su interior siguieran sangrando sus heridas. Pero un día, tendido en el diván del psicólogo durante una sesión, el dolor fluyó como lava incandescente y todo cambió. Comprendió que podría reparar sus grietas con una amalgama de sentimientos de oro y palabras de luz. Que tras la tormenta casi siempre brilla el arcoíris. Salió de la consulta con una sonrisa en los labios y un aleteo en la mirada. Confiaba en que, poco a poco, lograría revertir aquella situación tan dolorosa que había paralizado su cuerpo y quebrado su alma.

Desde entonces, su corazón empezó a latir con mucha más fuerza, como si recobrase el aliento y el valor con las imperfecciones de sus doradas cicatrices, aumentando su capacidad de amar. Y de su pecho afloró tanta belleza que, de nuevo, sus pinceladas se impregnaron de colores y sueños.


Relato publicado en la Antología "Miniaturas del corazón",

 de Revista Brevilla.


Puedes descargarla gratuitamente en el siguiente enlace:

"MINIATURAS DEL CORAZÓN"







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