Cuando
la mujer que amaba se convirtió en su musa y después lo abandonó, el pintor se sintió
muy perdido entre los paisajes de grises y negros. De sus lienzos desaparecieron
todas las formas armoniosas y etéreas. De sus pinceles solo fluían siluetas angulosas
que yacían inertes sobre fondos sin color. Se sentía tan roto por dentro que le
resultaba imposible pintar sin que emergiera la oscuridad de su pena. Añoraba tanto
aquellos ojos de lluvia, donde su piel de arena saciaba su sed, que necesitaba encontrar
la manera de recuperar otra vez el equilibrio. Por eso, buscó inspiración en la
naturaleza, en el silencio, en cada aroma, aunque en su interior siguieran sangrando
sus heridas. Pero un día, tendido en el diván del psicólogo durante una sesión,
el dolor fluyó como lava incandescente y todo cambió. Comprendió que podría reparar
sus grietas con una amalgama de sentimientos de oro y palabras de luz. Que tras
la tormenta casi siempre brilla el arcoíris. Salió de la consulta con una
sonrisa en los labios y un aleteo en la mirada. Confiaba en que, poco a poco, lograría
revertir aquella situación tan dolorosa que había paralizado su cuerpo y quebrado
su alma.
Desde
entonces, su corazón empezó a latir con mucha más fuerza, como si recobrase el aliento
y el valor con las imperfecciones de sus doradas cicatrices, aumentando su
capacidad de amar. Y de su pecho afloró tanta belleza que, de nuevo, sus
pinceladas se impregnaron de colores y sueños.
Relato publicado en la Antología "Miniaturas del corazón",
de Revista Brevilla.
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