Avanza
arrastrando los pies por el pasillo. Se marcha con exceso de equipaje, con todos
los besos y abrazos prohibidos que no ha podido dar a los suyos antes de la despedida.
Cierra la puerta al salir con sumo cuidado. Su familia todavía duerme. Aunque
está asustada, encamina sus pasos hacia la batalla con la cabeza alta. Desconoce
cuándo ni cómo volverá. Nota cómo su miedo navega entre lágrimas. Pero es una
profesional valiente, educada en valores y principios. Jamás abandona su puesto,
por muy peligroso que sea el enemigo. La decisión está tomada. Será duro, pero no
tiene ninguna duda. La necesitan. Su deber es proteger a los más vulnerables.
Se
toma la temperatura por enésima vez, antes de entrar en la fortaleza. Una vez dentro,
nadie puede entrar ni salir de allí. Resistirá el asedio del invasor, cueste lo
que cueste. Se enfunda su uniforme inmaculado, bajo un escudo de papel y bolsas
de basura. Sin chaleco antibalas. Sin casco, ni visión nocturna. Sus escasas armas
son: guantes y mascarilla.
No
será lo mismo que antes de la pandemia, pero seguirá cuidando y repartiendo su
cariño entre todos sus bebés grandes, aunque las caricias sean de látex y los
besos enmascarados. Ellos lo agradecen igual, perciben su ternura. Defenderá su
salud a vida o muerte. Luchará con su pequeño ejército de héroes anónimos de la
residencia de ancianos, hasta que la guerra termine.
Relato presentado al Concurso de Historias sobre Nuestros Héroes